Cultura como herencia, cultura como proceso: los museos en la encrucijada

por Federica Palomero
tomado bajo autorización de Arte al Día Internacional
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Si bien el origen del museo se remonta al templo de las musas (museion) de la Antigüedad griega, el museo como lo entendemos hoy día es una creación del espíritu de la modernidad. El valor puramente artístico atribuido a un objeto, desligado de su valor utilitario, votivo o profiláctico, permite acceder al concepto del museo de arte con funciones diferentes de los tesoros de los templos paganos y luego de las iglesias. En este sentido, el antecedente más cercano al museo es la colección privada renacentista, en la cual priva el criterio del arte por el arte, y que pronto quedará abierta al público: así estaban dadas las dos condiciones básicas para que un museo sea la institución moderna que así nombramos.

Museo del Louvre, París
Se suele considerar al Museo del Louvre, abierto en 1793 en plena Revolución Francesa, como el primer museo moderno. Esta referencia es ante todo simbólica, pues en todo el siglo XVIII, en Inglaterra, en Italia, en Alemania, en España y no sólo en Francia, ve la conformación de museos a partir de colecciones reales y aristocráticas. Pero, sin duda, en el Louvre es donde se cristalizan los dos pilares de la institución museo: la necesidad de conservar y el deseo de compartir. El museo es una institución moderna en el sentido de que nace de una conciencia histórica y de un espíritu democrático.

Ante todo, un museo es un depósito ( no es extraño que se desarrolle a la par de la arqueología). En él se encuentran objetos, que ni estaban destinados a estar juntos, ni fueron concebidos para el espacio-museo. El rol del museo es hacer lo menos arbitraria posible esta reunión: darle sentido. Y este sentido será el de la representatividad de estos objetos en función de una continuidad histórica, sentido subrayado por la museografía, o secuencia de dichas obras en las galerías. El museo, como la Enciclopedia, nace de una voluntad de inventariar y clasificar todas las áreas del conocimiento, para que el pasado siga presente en el futuro: es producto de la Ilustración. La historia del arte, la arqueología y la museología nacen juntas, se respaldan y se complementan con base en la conciencia de la cultura como herencia que hay que preservar y estudiar. Pero el museo nace al mismo tiempo de una conciencia educadora, que se propone poner las Luces de la élite al alcance del pueblo. Así es como la razón de ser del museo se consolida en la preservación, el estudio y la divulgación de las obras de arte consideradas como más prominentes y más dignas de ser legadas a las futuras generaciones como vestigios de las civilizaciones que las precedieron. El aspecto educativo ha ido creciendo a lo largo del siglo XX hasta convertirse en la justificación misma del museo, donde se conserva y se estudia con la finalidad de enseñar.

Es precisamente esta razón de ser la que se problematiza a través de aproximaciones postmodernas. ¿Debe y puede el museo, creación emanada de la modernidad, sobrevivir a ella? Por una parte, ese legado de la cultura universal empieza a resquebrajarse y a verse como una construcción intelectual e ideológica: como un discurso cargado de la voluntad de poder de un grupo hegemónico (blanco, europeo, judeocristiano, capitalista, colonialista). Y, por otra, se pone en tela de juicio el rol pedagógico del museo (así como, de manera general, el de la escuela), y se le acusa de reproducir las clases sociales (Pierre Bourdieu), es decir de mantener el statu quo de lo hegemónico. Se le reprocha al museo ofrecer un capital cultural sólo a aquel que lo poseía de antemano, a través del dominio de los códigos tácitos o explícitos que la institución maneja para comunicar con su público. Es visto como un lugar de celebración de un ritual secular en el que se ensalza el acceso del público a toda una serie de logros culturales sancionados socialmente por la historia (Santos Zunzunegui).
Museo del Barrio, Nueva York
Desde los años 70, la nueva museología pretende romper con los esquemas tradicionales, al remplazar los conceptos de edificio + colección + público por los de territorio + patrimonio + comunidad (Luis Alonso Fernández). Se trata, desde luego, de ir más allá de los cambios de terminología para ver qué encubren (y qué ponen al descubierto). En este sentido, la nueva museología podría encontrar su realización en el paradigma del nuevo museo que es el museo comunitario, en el cual un grupo humano específico, ubicado en un espacio físico delimitado, crea su propio museo a partir de su cultura material y también de sus bienes intangibles, algo más flexible y más generativo que una colección de carácter permanente. Los museos comunitarios funcionan como espacios de reunión y celebración, como talleres y centros de educación no formal dentro de los valores y parámetros de la comunidad, y, eventualmente, permiten a otras comunidades y a la cultura dominante conocer y valorar la identidad del grupo en cuestión. Pero, tomando en cuenta que nacen generalmente en ámbitos de subalternidad (inmigrantes, minorías étnicas, etc.), cabe preguntarse si no son más factores de exclusión social que de verdadera y efectiva inclusión.

Mantienen a las comunidades cerradas sobre sí mismas y aisladas (son un elemento más del ghetto), con una tendencia a la fosilización, o, en el mejor de los casos, presentan a estos grupos como los otros, los exóticos, a los ojos de la cultura hegemónica. No pueden evitar ser sino un enclave de lo periférico dentro del centro, sin real posibilidad de romper con esta situación.

Ahora bien, aun dentro de los nuevos tiempos que se están viviendo, la mayoría de los museos siguen rigiéndose por los modelos de la modernidad. Inclusive los museos que se han creado a nivel internacional desde lo años 80 responden en su mayoría al concepto moderno, aun cuando tienen una arquitectura tan novedosa como el Museo Guggenheim de Bilbao. Pero, siguen siendo básicamente máquinas de conservar y exponer obras según la definición de Le Corbusier. De hecho, es obvio que los museos tradicionales, bien sea de carácter enciclopédico (Museos de Bellas Artes), bien sea especializados, no deben desaparecer sino que, al contrario, si se multiplican es en beneficio de todos. Sin embargo, esta necesaria permanencia implica también un compromiso de cambio. Cambio no solamente consiste en integrar las expresiones más contemporáneas del arte, o dar cabida a prácticas que no pertenecen a la alta cultura. Cambio significa además, y sobre todo, revisión crítica de los discursos sobre el arte del pasado para dar cabida a visiones más parciales y fragmentadas que permitan nuevas perspectivas. Está abierta la posibilidad de que los museos, siguiendo a Walter Benjamin, le pasaran el cepillo a contrapelo a la Historia, para que ésta se transforme en historias, dando paso a lo híbrido, a lo particular, a todos aquellos que la Historia ha dejado al margen. Se trataría, en última instancia, de cuestionar los grandes relatos de la modernidad y la identidad que los museos han contribuido a legitimizar (y a través de los cuales se han legitimizado) para participar de discursos alternativos como los de lo subalterno, las nuevas ciudadanías y la recomposición de identidades difusas. En esos casos, el rol pedagógico del museo, más que en suministrar un saber canonizado, consistiría en ofrecer opciones de participación en esas propuestas.