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POCO IMAGINATIVOS, NADA TEORIZANTES
X. Andrade

al aire por Radio Tropicana, enero 10 de 2007


En el año 2000 fui invitado a una conferencia internacional realizada en Morelia, México, organizada por la mayor fundación privada en antropología en el mundo. Los dieciseis invitados representábamos las distintas ramas de esta disciplina: habían desde quienes pasaban sus días investigando entre comunidades de chimpancés y gorilas hasta los que, viniendo de la antropología social, hacíamos lo mismo pero entre conglomerados urbanos de mayor o menor complejidad. Linguistas, cognitivos, simbolistas, arqueólogos. Todos fuimos convocados con una sola tarea en mente: qué hacer con el concepto de “cultura”?, un concepto que, habiendo nacido con una agenda democratizante en directa oposición a los argumentos racistas del esclavismo, se había convertido, a finales del siglo XX y principios del XXI, en un vehículo discursivo privilegiado para justificar discriminaciones de toda índole, prácticas xenófobas y hasta genocidios. Nociones tales como “cultura de la pobreza”, por ejemplo, habían terminado cumpliendo una función estigmatizante de los estratos populares, y la de “pureza cultural” había movilizado prácticas de masivo exterminio entre los Balcanes, mientras musulmanes e hinduistas atentaban entre sí en India debido a sus “diferencias culturales”, entre otros macabros ejemplos.

Las conclusiones de la conferencia no fueron uniformes --como un debate responsable y respetuoso merece-- y, sí, enormemente sugerentes: quienes trabajaban con restos materiales y entre altos primates abogaron por continuar usando el concepto de “cultura” para explicar variaciones evolutivas y comportamientos diferenciales bajo condiciones ecológicas similares. Los que nos inclinamos por la abolición del mismo, pusimos sobre el tapete la perversidad de sus usos públicos y la tendencia a cosificar y brindar ilusiones monolíticas a formas sociales internamente conflictivas y diversas. “Adiós, cultura” fue el emblema al cual gradualmente fuimos suscribiéndonos, dejando de lado en la práctica una noción central que había servido desde los inicios de la antropología para diferenciar lo específicamente humano.

Me he extendido en estos antecedentes solamente para develar las perversiones que esconden los llamados a la defensa de “la cultura” formulada por intelectuales públicos en Guayaquil que se han dedicado a defender un solo sentido en esta palabra, ciertamente el más conservador, y una agenda política que le correspondería de forma equivalente. De hecho, está al orden del día entre ciertos de ellos el estigmatizar y desprestigiar a quienes defendemos un sentido democrático de la esfera pública, entendida ésta como el resultado de la confrontación de ideas y proyectos. Calificativos tales como “teóricos extremistas”, dignos de mi íntimo regocijo, son, no obstante, y más allá del folklore del debate aldeano, motivos de este comentario.

En un ambiente que carece de programas académicos en ciencias sociales, no sorprende la estancia anti-teórica que aquí se destila, la cual, a su vez, explica que algunos de estos intelectuales manejen concepciones decimonónicas sobre “cultura”. A ellos parece molestarles la formación académica porque se ven intimidados por la actualización de las ideas, quizás porque saben que es fácil derruir un monumento pero no así a aquellas. Temerosos del cambio porque cualquier transformación del status quo parece apestarles, responden no con argumentos sino con ofensas. Lo del “extremismo” anexado a la teoría, en este contexto, se explica como corolario de los temores que los aviva en estos días como efecto de anuncios gubernamentales sobre el manejo cultural y la suerte del Banco Central. Sorpresa de sorpresas, la estrategia clásica de desprestigio se corona con la calificación completa: “teóricos extremistas antiguayaquileños”. La teoría y dos formas de atentados suman tres componentes que, una vez precisamente conjugados, sirven para apelar a las afiliaciones emocionales contra el ogro centralista, igualmente útiles para validar al interior de la ciudad un proyecto de constitución de ciudadanos devotos y sumisos.

Así, el mínimo sentido de disenso es sancionado como atentatorio a la identidad cultural de quienes habitamos en esta ciudad. Como si hubiera una sola forma de interpretarla y como si la agenda de la versión elitaria que sus cabezas parlantes defienden fuera la única posible. La “guayaquileñidad” como construcción monolítica y conservadora respecto del manejo cultural en la actualidad existe solamente en las fantasiosas mentes de quienes son sus principales beneficiarios, y, efectivamente debería ser una tarea del Ministerio de Cultura propender a que la gestión cultural trabaje en el rescate de la diversidad en las ciudades y de las diferentes versiones que componen lo que llamamos Guayaquil, no solamente aquella impuesta por la historia de héroes y de patricios, y de los parásitos contemporáneos del Estado.

Sería más cómodo pensar que me hallo en un equívoco y que discutir todo esto tiene relevancia solo para los “teóricos extremistas antiguayaquileños”, los “imaginativos teorizantes” y los “noveles ambiciosos de apetitos burocráticos y centralistas”. Gracias por lo de “noveles”, por cierto, su mejor alabanza. Quizás debería yo mismo organizar una conferencia entre todos nosotros y reflexionar sobre la ausencia de ideas en la gestión cultural estatal, en las acusaciones formuladas en los tribunales de justicia contra quienes tienen cargos claves en instituciones del medio por venta de cuadros falsificados y, pronto, también contra aquellas autoridades que han sido beneficiarias de préstamos ilegales al interior de ciertas instituciones del Estado.

O, quizás, debería seguir el ejemplo de nuestros indignados colegas: aplaudir la gestión de dichas autoridades, participar de condecoraciones y homenajes, y salir con mi mejor sonrisa en todas las fotos de la sección de sociales. Esa, sí, es una tradición en el medio fomentada exitosamente por el Estado y sus burócratas. Mis razones para no unirme a los festejos, claro, no radican solamente en la teoría sino en conocer al ogro estatal desde tan adentro como la conocen ustedes, ahora acusadores, pero también beneficiarios de siempre. Ojalá la siguiente ronda me brinde el placer de escuchar alguna idea y no solamente lacrimosas arengas, para confirmar mi presunción de que podrán ser nada “noveles”, pero no poco imaginativos, ni tan poco teorizantes.

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