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BROMAS PRIVADAS, BROMAS PUBLICAS El ciego gira sobre sí mismo sin que los paseantes se inmuten más allá de mirarlo. El hombre, de mediana edad, dice querer llegar a 9 de Octubre sin encontrar la ayuda necesaria para descubrir una clave que lo permita guiar a su destino. No posee un bastón que facilite su propósito. Todo ello ocurre al costado norte del Parque Centenario. De repente, un guardia privado de aquellos que pululan por las calles renovadas se acerca a la escena para convertirse en otro mero curioso, de aquellos que ven al discapacitado y que lo juzgan como a un loco en su desesperación por ubicarse. Mi esperanza deviene ira al no encontrar una mano solidaria entre aquellos cuyos sueldos han sido pagados con mis propios impuestos gracias a las políticas del gobierno local que ven a la represión como único sinónimo de seguridad. Del resto de paseantes, no me extraña su desdén. Después de todo, la regeneración ha servido para marcar fronteras y etiquetas: los desempleados, los pordioseros, los vagabundos, los informales, todos ellos han sido estigmatizados en el intento de apuntalar la lógica turística de la renovación urbana. Por ello, la palabra clave que no se conjuga en el estrecho vocabulario oficial es, precisamente, exclusión. De ahí que esta historia atestigue la mayor degradación individual y la del conjunto de las relaciones sociales enesta ciudad. Cojo al ciego de un brazo después de que mi reclamo al guardia por la impavidez demostrada frente a alguien necesitado fuera recibido con silencio, como si su lengua hubiese sido tragada por su silbato. No entiendo, pago para “proteger” las calles con seres sin educación ni tampoco sentido común alguno. Pagan los ciudadanos por las perversiones de la seguridad pública: por la burla, la desidia, la ignorancia y los abusos que constituyen el día a día del espacio público privatizado. Paso a paso, el hombre ciego me cuenta su desventura mientras cruzamos la calle. Vive de la caridad de los transeúntes, para ello se traslada diariamente a lugares ahora prohibidos para los más necesitados. Su bastón había desaparecido minutos antes por arte y magia de los propios guardianes. Se lo arrebataron en tono de broma para obstaculizar su tránsito por estas calles de adoquines que terminan atiborrando hasta el cerebro de los contribuyentes. Casi al llegar a 9 de Octubre, a sabiendas de que otra vez podrá ser maltratado salvajemente por el siguiente guardia, privado de la única ayuda con la que contaba para moverse en este mundo, una mano amiga surge desde el parque. Ella, su conocida, le brinda algo de sosiego en medio de un desamparo que corroe hasta lo más profundo del espectáculo renovador que, siempre, se verá contaminado por estos fantasmas. Allí dejo al ciego, paliando con una pizca de solidaridad la locura que le provoca su hambre, la de seres de carne y hueso condenados por una visión sobre la ciudad que privilegia las fronteras y no los puentes entre ciudadanos. |
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