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BRUTOS, IMBECILES, TERRORISTAS, PEATONES
X. Andrade
radio Tropicana, septiembre 27 de 2006


La instalación del sistema de transporte Metrovía en la ciudad de Guayaquil ha sacado a relucir el espíritu más autoritario que encarna en las autoridades locales y en los medios impresos y televisivos por igual. Las deficiencias en el diseño, la coordinación, la planificación y las instalaciones de buses y paradas fueron acaloradamente discutidas por el público usuario, y, curiosamente para un medio como el guayaquileño que ha estado acostumbrado a asentir todo aquello que se le venga impuesto desde arriba, o sea desde el poder local representado por la Municipalidad, ha habido un amplio debate público sobre el tráfico vehicular, las soluciones masivas e, igualmente excepcional, sobre la condición peatonal de la mayoría de los habitantes.

Una consecuencia cotidiana de la imposición de los proyectos municipales, de un estilo de líder político que está acostumbrado a referirse a todo aquél que se opone en términos despectivos, y finalmente de la colusión entre propaganda municipal y tratamiento o cobertura mediática, es la degradación de las condiciones creadas para la vida peatonal y del status de los peatones en como se construye la vida citadina. Veamos cada uno de los tres factores anotados: la imposición de proyectos, la identificación en la esfera pública de quienes se oponen a la municipalidad como “enemigos” de las medidas civilizatorias, y, finalmente, el matrimonio entre medios y renovación urbana.

La Municipalidad se ha caracterizado por el develamiento de proyectos de obras masivas sin previa consulta a la ciudadanía. Así se han inaugurado malecones, se han renovado ciertos sectores, se abrirá el adefesioso Puerto Santa Ana, se van a convertir las antiguas instalaciones del aeropuerto en un centro de convenciones y, más recientemetne, se inauguró la Metrovía. En estos mismos días, grupos empresariales se reunieron para que, bajo el mismo estilo de tratamiento de la cosa pública, imaginarse la ciudad como un castillo de cristal en un futuro después del actual Alcalde. Esto equivale a continuar pensando la ciudad desde arriba, desde las obras masivas que tienden a agilitar el sector de servicios turísticos y portuario (siempre vinculado a intereses corporativos transnacionales y no precisamente a los pequeños empresarios, a quienes les llegan solamente las migajas), y en empeñarse a hacer ver a Guayaquil lo más cercano a Miami –ahora mismo hay en televisión una propaganda del Consejo Provincial que, literalmente, reza que “las carreteras del Gran Guayas son igualitas a la de la yoni”. Estas no son coincidencias, son los ideales simplones que se alientan desde las más altas esferas, amén del alto grado de cinismo que estos simulacros encierran a la hora de buscar justicia por las decenas de vidas que las carreteras han cobrado gracias precisamente a su mal manejo.

El Alcalde, acostumbrado solamente a ser vitoreado al unísono en los medios masivos, vislumbra toda forma de crítica u oposición como una forma de ataque. De otra manera, no se explica que se refiera a sus adversaries imputándoles, por ejemplo, que “sus cerebros deben estar llenos de estiércol o de veneno”, que sugiera que panfletos políticos “sean impresos en papel higiénico”, que quien en su momento cuestionara sus políticas de seguridad pública fuera tildado de “loco”, que a los pequeños vendedores de zonas de mercados informales fueren identificados como “gente que debería irse de vuelta al campo”, y que, para no obstaculizar la mirada turística alentara medidas que equipararan a “perros sarnosos” con los habitantes del Cerro Santa Ana. Todas estas expresiones literales, se han juntado más recientemente en el caso de la Metrovía para referirse a quienes llegaron a oponerse como salvajes o, para utilizar un lenguaje que le añade un toquecito global, directamente como terroristas.

Asimismo, los medios enfilaron su mira hacia el salvajismo ilustrado por la vida peatonal. La única forma que medianamente resembla a formas de apropiación espontánea del espacio después de las estrictas normativas de la regeneración urbana y de la supervigilancia privada de los espacios públicos, es la caminata libre en la ciudad. Los debates sobre la Metrovía originaron una llamada civilizatoria que tenía como objeto al hombre y a la mujer de a pie. Una vez más las clases populares fueron insultadas con la venia editorial de los medios impresos. Un editorialista tituló a su columna “Metrobrutos”, y otro se refirió a los protestantes directamente como “sarta de imbéciles”. Mientras que quienes pagaron por su protesta con su libertad y su afectado bolsillo, se llevaron la corona con la acusación de “terroristas”. Qué tienen en común los brutos, los imbeciles y los terroristas: que caminan y que cuando no lo hacen dependen del transporte público. Cuáles son los síntomas de su cretinismo: el de velar por un precio justo, el demandar mínimas comodidades, planificación y difusión ordenadas, y una coordinación idónea para las necesidades de las comunidades periféricas.

En una ciudad donde la esfera de debate sobre su destino ha sido anulada, la agresividad de las acusaciones contra los peatones y las clases populares se explica plenamente. El que los medios las recojan de una manera tan literal y tan brutal es solamente una cara más de la misma moneda: aquél castillo de cristal que es imaginado como Más Ciudad, pero también como Menos Ciudadanía. Sueños y discursos en una ciudad autoritaria.

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