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LA DEGENERACION DEL ESPACIO PUBLICO

X. Andrade
• al aire por Tropicana, sept. 19 de 2006

En la época contemporánea, la vida en las ciudades se caracteriza por la implosión de los ideales modernos sobre el espacio público y los derechos ciudadanos. Implosión significa colapso: la caída de aquellos modelos que pensaban al espacio público como la locación para los encuentros espontáneos e indiferenciados entre individuos y comunidades de procederes distintos. A aquella concepción del espacio le correspondía también una idea sobre los derechos de los habitantes de una ciudad sobre el mismo: a transitar, ocupar y apropiarse libremente, esto es sin el escrutinio pormenorizado de sus actos.

El espacio público era también, de acuerdo a las concepciones modernistas, un sitio diseñado para favorecer el diálogo y el encuentro entre los desconocidos. Un lugar para airear ideas y plantear debates. Un sitio ideal para ser también oído. La ciudad, así, era concebida en términos de la relativa apertura de parques, paseos y plazas. Relativa puesto que, desde sus inicios, se trazaron políticas para mantener un cierto orden y un determinado sentido del ornato. La vida citadina –convertida en modelo civilizatorio—contó desde siempre con dispositivos tendientes a controlar y a domesticar a quienes, procedentes de otros lares, poseían referentes diversos, todavía no suficientemente aburguesados.

Estudios históricos enseñan, por ejemplo, los graduales esfuerzos por evitar que el espacio público de las ciudades fuera “ruralizado” por la presencia de masas campesinas y obreras en transición. De ahí que las vallas, las cercas alrededor de las fuentes, y la dotación de policías para la vigilancia del orden hayan sido invenciones de siglos pasados. Así y todo, un parque garantizaba el libre acceso de los urbanitas sin lugar a discriminaciones establecidas legalmente, y, una plaza era el lugar por excelencia de encuentros e intercambios entre gente de clases sociales diferentes y opuestas. En nuestra época, la del capitalismo tardío y del mal llamado “posmodernismo”, las transformaciones espaciales tienden a anular las posibilidades de intercambio espontáneo e indiscriminado, y, más aún, tienden también a abolir el sentido primario de la existencia de los urbanitas. Si un elemento crucial de la experiencia citadina era la posibilidad de apropiarse simbólicamente de un espacio dado para crear ciertos sentidos de comunidad, las ciudades emergentes, con su reposo en visiones represivas sobre seguridad ciudadana, tienden a revertir el sentido del espacio público hacia un lugar donde primen el temor y la desconfianza.

El Guayaquil regenerado, en este sentido, ejemplifica la radicalización de estas tendencias: es una ciudad que apuesta por la vigilancia tecnológica y la supervigilancia policíaca. A las cámaras de video y a las distintas policías, se les unieron guardias contratados por compañías privadas. El común denominador entre estas tropas es el estar armados y la ignorancia. Siendo la abolición del diálogo con el ciudadano común epitomizada por el uso indiscriminado del silbato: éste sirve para controlar los comportamientos y hasta para disciplinar los cuerpos. Puro orden y cero diálogo, he ahí los ideales fascistas del espacio.

Pero la supervigilancia es solamente una de las dimensiones de la decadencia del espacio público. Su cara complementaria es la privatización del mismo ya no solamente a través de los ojos de quienes espían detrás de las cámaras sino directamente por la concesión del espacio a manos privadas. Los guardias de compañías particulares patrolando malecones, plazas y calles no son el ejemplo más burdo. Ilustraciones abundan: la instalación de establecimientos comerciales privados en plazas públicas. La ocupación del espacio público por parte de una empresa privada resta directamente los derechos ciudadanos al uso de ese espacio, y, además conlleva otras dinámicas exclusionarias. Los vigilantes de tales empresas prohiben el uso de mesas instaladas en lo que fuera otrora espacio designado para libre circulación. Empleados municipales de limpieza, sin embargo, todavía tienen responsabilidades en la limpieza de las premisas en donde las mesas se hallan asentadas, haciendo uso de bienes públicos tales como el agua. Guardianes privados, pagados con impuestos públicos, comparten la responsabilidad del cuidado de bienes cuyo uso ahora pertenece no a los ciudadanos sino a una empresa privada. La iluminación de la zona viene también dada por un bien público. Y, finalmente, el muzak utilizado para crear un ambiente idóneo para el consumo coloniza con su música la vida auditiva del conjunto de la plaza o paseo.

En blanco y negro: la regeneración en el Guayaquil contemporáneo rima demasiado de cerca con la degeneración de ámbitos esenciales en la vida del urbanita. Véase todos y cada uno de sus dispositivos y el resultado tiende a ello.


 

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