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EXCLUSION URBANA
X. Andrade, mayo de 2006

El proceso de “regeneración” urbana en Guayaquil ha pasado sin el escrutinio crítico de los medios. De hecho, la relación entre medios y renovación se caracteriza por la asimilación de la agenda política implícita a un vasto proyecto diseñado para modificar el espacio, constituir una nueva disciplina cívica, y llevar adelante prácticas masivas de limpieza sociológica y de exterminio ecológico.

La ciudad emergente promueve ciudadanos silenciosos. La renovación urbana sigue, por un lado, los códigos de una producción turística. De acuerdo a ellos, la construcción de los malecones y los cerros y los futuros puertos como centros comerciales obedece no solamente a una emulación de modelos importados. Puerto Santa Ana, el nuevo proyecto municipal -el más artificioso de todos- no es solamente Miami y Los Angeles simultáneamente. Es también una expresión del triunfo de los intereses del capital inmobiliario para legitimar una redistribución espacial que profundiza la polarización ya existente. Si el Malecón 2000 se ha constituido en un paseo masivo de ciudadanos de distintas clases, organizado como un paseo comercial, el futuro puerto valida la privatización de las riveras del Río Guayas bajo políticas económicamente excluyentes.

Exclusión es una palabra que, hallándose ausente de los medios escritos y televisivos, es, sin embargo, clave para aprender el vocabulario de la “regeneración” y el silencio público que ha acompañado a este proceso. Su centralidad deviene precisamente del ejercicio de su ocultamiento. La renovación espacial en Guayaquil conlleva para su éxito la gradual aniquilación del espacio y de la esfera públicos. El espacio ha sido diseñado para limitar, cuando no abolir del todo, las posibilidades de apropiación espontánea del mismo. Los espacios intervenidos se hallan supervigilados y el carácter peatonal, entonces, subordinado a la presencia de guardianes privados. A su vez, la esfera pública -espacio virtual y multitud de locaciones geográficas- ha sido aniquilada por temor a contrariar la retórica triunfalista que acompaña a la regeneración. Ser crítico de este proceso equivale a ser un enemigo de la “guayaquileñidad”, un ludita perdido en el siglo XXI, una “cabeza llena de estiércol y veneno” como preferirían llamar las autoridades a sus opositores ocasionales.

La exclusión ciudadana es inherente a la renovación urbana tal y como se la practica aquí y en muchas otras ciudades, cuando los intereses inmobiliarios y comerciales se anteponen al resto. Quito es otro ejemplo cercano. Para empezar, los proyectos masivos no son consultados a la ciudadanía sino simplemente develados. Luego, las poblaciones informales afectadas directamente por la ejecución de los mismos son relocalizados --con suerte con indemnizaciones risibles-- o directamente desplazados a los márgenes sin pan ni pedazo. Esto son los mecanismos de la limpieza sociológica, de la exclusión y del exterminio. Finalmente, la retórica de la renovación empaqueta al proceso como un producto turístico, acudiendo para ello a dispositivos arquitectónicos genéricos y a la creación de un sentido políticamente manipulable de “autoestima”. La esfera pública queda, así, graciosamente derrotada.

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