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GUAYAQUIL, SAO PAULO Sao Paulo es una ciudad amurallada. Guayaquil empieza a serlo desde la década pasada. En ambas ciudades, las barreras físicas cercan tanto espacios públicos como privados. En ambas, las elites se repliegan a sus enclaves, las clases medias reproducen el miedo y, como resultado de ello, tienden a encerrarse. En ambas, la transformación del espacio urbano acarrea modificiaciones radicales en la cotidianidad de las relaciones sociales, y, la invisibilización de los desposeídos, su reclusión y criminalización, acarrean el potencial de erupciones de violencia tales como las que se dieron recientemente en Sao Paulo. En ambas, mafias operan directamente desde las cárceles, y, todo ello ocurre a pesar de la presunta democratización política en los gobiernos locales. Los nuevos paisajes parecen reproducirse serialmente: cuando los residentes de diversas clases sociales argumentan que la construcción de muros es la única forma de protegerse a sí mismos frente a la expansión del crimen. Esto no ocurre solamente en las ciudadelas tipo fortaleza que caracterizan a zonas como la de Samborondón, con altas murallas, tecnologías de vigilancia y guardianes que controlan el acceso personalizado a tales enclaves . Urdesa debate en estos días la necesidad de imponer cerramientos y, así, modificar dramáticamente los hábitos relacionados con el uso de la calle, hábitos que, de todas maneras, ya habían sido afectados de alguna manera por la presencia de guardianías privadas. Barriadas más populares, como en la Alborada, utilizan cadenas y candados para cerrar callejones anexos a las vías mayores. Efectos de los cambios urbanísticos sobre la cotidianidad son evidentes: la restricción de los movimientos hacia las zonas que se consideran seguras acarrea el temor frente a la posibilidad de circular por fronteras no deseadas; las “zonas peligrosas” se expanden en los mapas mentales de los residentes y los encuentros en el espacio público se vuelven tensos. El ideal moderno de lo público como un espacio para flujos abiertos y espontáneos se ha visto afectado gradualmente, y, en ciertas áreas, abolido por completo. “La tensión, separación, discriminación, y sospecha son ahora las nuevos signos de distinción de la vida pública”. Este es el diagnóstico de las teorías urbanas contemporáneas. Y este mismo retrato podría aplicarse al presente guayaquileño. Ya el discurso sobre el miedo organiza y delimita las relaciones sociales, capta la imaginería mediática, politiza la esfera pública y el diseño de políticas aplicadas. Más cámaras de video y la implantación de vías hiperiluminadas dan cuenta del creciente uso de las tecnologías visuales. Dotación de armas para la policía y expansión del accionar de compañías privadas de seguridad son medidas que tienden a enfatizar el carácter excluisvamente represivo de las soluciones planteadas. Pero más allá de estimular a sectores boyantes de la economía –como el de la vigilancia armadaresta inquirir sobre la vida ciudadana que se va engendrando. Pero, claro, siempre ha sido más fácil tapar el sol con un dedo que preguntarse sobre las cuestiones de fondo … recluir, segregar y luego esperar a la erupción de las ruinas en el tiempo. |
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