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MI MUSEO DE LA DEMOCRACIA
X. Andrade, octubre 18 de 2006, por radio Tropicana.

A falta de evidencias aceptadas legalmente para justificar la anulación de las más recientes elecciones presidenciales, resta reposar en los testimonios de diversos testigos de las sesiones de conteo y ocultamiento de votos. Dos caras de la misma medalla, las actas donde el número de votantes excede al de los apadronados, la manipulación arbitraria de los reportes de ciertas juntas, la sordera de los vocales de los tribunales electorales hacia las correcciones demandadas, las actas en blanco firmadas por los presidentes de algunas juntas. Todos estos elementos componen, entre otros, las más recientes adquisiciones para engrosar mi museo de la democracia.

Estas joyas no solamente abundan en apuntalar el escepticismo de muchos sino que tienen la bondad adicional de romper con las ilusiones de un sistema acostumbrado a obviar a los mecanismos transparentes para la contabilidad de lo que se ha dado en llamar democracia en el Ecuador contemporáneo. Sin embargo, contrario al espíritu emergente en las críticas públicas que se empezaron a realizar desde el día de ayer por radioemisoras capitalinas, estos fragmentos de un posible fraude no son evidencia de una conspiración de la elite política guayaquileña para arreglar los resultados. Son objetos materiales de los mecanismos comúnmente utilizados en el país para los recuentos de votos, los mismos que incluyen como última rueda del coche a aquellos funcionarios que, sentados en los tribunales provinciales, se hacen de la vista gorda participando, así, del surrealismo de las prácticas electorales: una estética que se halla basada en la abolición de las voluntades estrictamente consignadas en la materialidad de un voto. La diferencia en esta ocasión es que tales mecanismos han sido develados en toda su poca elegancia convirtiéndose, de esta manera, en una muestra grotesca de las perversiones derivadas de la politización de las instancias electorales.

Si uno tuviera la tarea de curar la historia no contada de la democracia en el país, tendría que incluir igualmente a las nada transparentes contrataciones de empresas para el conteo electrónico de votos, su estrepitosos fracaso, la folklórica cancelación posterior de su contrato, el retiro arbitrario de sus equipos o su decidor abandono en los locales de los tribunales electorales, y los oídos sordos a su nefasto pasado. Así también el espíritu de cuerpo de los miembros del Tribunal Supremo Electoral, las declaratorias victimizadas de los dudosos ganadores, las oratorias de fraude como preseas pescadas a río revuelto por algunos de los confabulados perdedores, y las declaratorias públicas sobre el retorno a la normalidad supuesta por el conteo regular de votos. La corona de nuestro museo, sin embargo, estaría compuesta por las urnas abandonadas, abiertas y dejadas por horas sin resguardo alguno en los laberintos de los tribunales provinciales. La otra alternativa a considerarse sería el tamaño de la chequera que ha pagado todo este espectáculo y que, ahora mismo, sonríe frente a las cámaras.

Estas elecciones no han sido opacas. Hablemos con propiedad y dejémonos de ser políticamente correctos, estas elecciones han sido directamente sucias y se tornan cada vez más fétidas conforme pasan los minutos. No en vano han sido celebradas por los mercados internacionales a la hora de poner en la balanza al millonario y al radical como ya manipuladoramente anunciaron los resultados los medios locales. Estas elecciones han sido más sucias que de costumbre, y quizás solamente por ello llaman la atención de algunos incautos. Resta preguntarse, entonces, porqué no encaminar la crítica hacia su anulación inmediata? O es que la retórica de la ley y la democracia servirá una vez más para tender una cortina de humo sobre todas estas irregularidades, las mismas que se impregnan desde ya en la muda memoria de los obscuros corredores de los tribunales electorales a la espera de ser convertidos en escabrosas metáforas de lo que luego denominan “la voluntad popular”?

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