
Guayaquil, domingo, Julio 9 de 2006, 07:00 hrs. Los límites entre lo público y lo privado son la enseñanza de hoy en el programa televisivo de educación a distancia Aprendamos y del curso Ciudadanía: Una Oportunidad para Todos. Una pareja de vecinos –marcados como “diferentes” de nuestros héroes principalmente por su rostro oscurecido por el maquillaje—ha decidido pintar la vereda que queda al frente de su casa. Justo y Progreso, la pareja que hacen del día a día del barrio una oportunidad para aprender sobre los límites y las responsabilidades de la ciudadanía, deciden civilizarlos impidiendo que atenten contra el nuevo orden urbano. Para ello, Progreso acude a la puerta de la casa de los infractores. La lección se desarrolla con pupilos cuyas diferencias radican en su piel, en su estilo de hablar y de vestido, y en su origen migrante.
Las caras pintadas desnudan el lenguaje racial de la ciudad ficticia de Puerto Esperanza. En los textos que fundamentan el curso, el racismo institucionalizado es suplantado por personajes en distintos tonos de celeste y blanco que, ocasionalmente, comen “azulinos”, un plato alegórico de las diferencias étnicas entre sus habitantes. Para obviar la referencia a conflictos reales, no hay negros ni indios sino solamente azules y azulinos, pero si este recurso es sencillo de representar en el estilo de las tiras cómicas en el libro, se requieren otras suertes cuando vemos el episodio televisivo. De ahí que el maquillaje en este último medio traicione el espíritu neutral asicomo el tono ascético de los materiales textuales y el alma de Disneylandia de este museo de la ciudadanía.
El performance de la diferencia requiere marcadores adicionales cuando son traducidos a la televisión. Mediante el ejercicio de una antropología costumbrista, estos vienen dados por los lenguajes corporal y verbal, y la vestimenta. La gestualidad animal y el tono chabacano de hombres y mujeres, y su uso de pañuelos en la cabeza como una referencia directa a la población trabajadora migrante, dan cuenta de una estética derivada del estilo epitomizado por seriales y comedias racistas. Lo oscuro: lo negro, lo indio, lo cholo, lo montubio conjurados por los artefactos de la ignorancia y el mal gusto. Justo y Progreso, en cambio, es una pareja mestiza y de clase media (a pesar del toquecito gay de su nomenclatura que podría traicionar el espíritu esencialmente heterosexual de estas historias). A diferencia de los sin nombre, son los naturales e inescrutables portavoces de la nueva racionalidad ciudadana.
Bien dicen sus personajes principales al referirse al espacio público: “hay un adentro y un afuera en Puerto Esperanza”. El “adentro” y el “afuera” de quienes piensan que la ciudadanía es mera cuestión de valores individuales, ejercicio doméstico, curso de autoayuda dictado por “Esperanceños” de cepa pero poco billete, revolución interna que debe ocurrir “adentro”, en el alma de campesinos y pobres. Una práctica ciudadana limitada a discutir las mejoras del barrio y no a preguntarse siquiera sobre el destino de una ciudad tal como es dictado por las elites políticas que han hecho de estas ficciones un instrumento para infantilizar efectivamente a los ciudadanos del Guayaquil contemporáneo, de aquellos quienes pagan los impuestos para que estos materiales didácticos lleguen gratuitamente, y con el aplauso del Estado, a sus manos.