PECES FUERA DEL AGUA
X. Andrade

La marcha del 7 de Junio dio cabida a múltiples manifestaciones y a muchos públicos. Una lectura plana, la mediática, seguirá las líneas del cansancio sobre la violencia y el avance de las demandas planteadas frente a las autoridades judiciales antes de que fueran espantadas por un espontáneo chubasco. Hablará de la civilidad guayaquileña, de lo pacífico de la marcha, de lo “no político” de la misma. Pero la ausencia de figuras políticas no significa que detrás de las etiquetas de la “guayaquileñidad”, el “pacifismo” y lo “no político”, hubiera una coincidencia de intereses ni tampoco de visiones sobre el destino fortificado de la ciudad. Si hay algo que la marcha revela, como dato casi exótico del Guayaquil contemporáneo, es la existencia, aunque eventual y efímera, de una esfera pública no redondeadamente “regenerada”.

Los Latin King, primera mención: único grupo juvenil no dependiente de una ONG o de una institución educativa que hicieron un despliegue sobrio de sus emblemáticos símbolos transnacionales. No por su número, más bien un puñado de pandilleros, sino por su corporalidad: en una ciudad acostumbrada a impulsar una imagen ciudadana de blanqueamiento, buena parte de los que desfilaron eran jóvenes obscuros y no precisamente vestidos con el código de etiqueta blanco de la marcha sino en el de la estética que defienden. Su bandera representa un castillo dorado franqueado por dos leones, quizás una alegoría sobre su propia ubicación dentro del contexto de la marcha: flanqueados por policías marchantes, fueron parte del último bloque en desfilar.

“Vamos bien, Sancho, porque los perros ladran”. Un anciano vestido en pantalón de baño y gafas para natación. Un pez hippy fuera del agua, pintado su cuerpo con las consignas de amor y paz. Y con megáfono: vociferando todo lo que al discurso represivo de los medios y de la municipalidad se le ha olvidado, que la violencia no es un problema de la delincuencia sino de la falta de empleo y de la corrupción rampante precisamente en las esferas del poder, que una ciudad no lo es cuando hay más murallas. Un hombre que, decidoramente, marchaba solo. Un iconoclasta en la tierra de las ciudadanías autoritarias.

Las mujeres contra la violencia se encargaron de devolver el tema a la vida cotidiana, a su carácter procesual y no episódico. Al contrario de desplegar carteles para visualizar a víctimas concretas, su sola presencia revelaba una
demanda por disociarse del tema como espectáculo político y retomarlo como un hecho que obedece a las condiciones de género dominantes. Otras dos mujeres, las de los cartelones hechos a mano: una adolescente cuya consigna subvertía la alegoría oficial de la ciudad. La estrella que infantiliza a los ciudadanos, esta vez maniatada por un billete de un dólar, y la consigna de “más inseguridad”. La otra, una pregunta esencial: “Sr. Alcalde, de que sirvió poner seguridad privada, si cada día aumenta la delincuencia?”.

Cerrando la marcha, el barrendero con su uniforme celeste y blanco, marcado con el nombre de la locación de su trabajo: “Limpieza Sector 9 de Octubre”. Borrando los vestigios de una ciudadanía diversa y no autoritaria para mantener la ilusión mediática del pulcro orden y el dominio municipal.
 

   
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