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REQUIEM POR LA ESFERA PUBLICA
X. Andrade
* para ser aireada por Radio Tropicana en octubre 11 de 2006, desde hotel quito.


Una ciudad es tal en la medida que existan una esfera de debate sobre el destino de la misma y los mecanismos que tiendan a fomentar el cruce de ideas y proyectos entre diferentes partes. El respeto a las diferencias entre tales ideas y proyectos no debe ser solamente un artefacto retórico, utilizado con fines electorales cada vez que de campañas se trate, sino un eje constitutivo de una ciudad heterogénea donde los ciudadanos ejerzan efectivamente el poder de la palabra, el derecho a ser oído de manera balanceada en los medios, y el deber de pensar y repensar las consecuencias de los grandes procesos que afectarán cualitativamente y a largo plazo el futuro de una ciudad. Una ciudad es, entonces, un espacio de diálogo e imaginación que debe ser cuidadosamente preservado para evitar la gradual aniquilación de los ámbitos de discusión de la cuestión pública. Una ciudad sin esfera pública es cualquier cosa, menos ciudad.

Hay muchas formas de restringir, anular o aniquilar la esfera pública. Y este es un proceso que no ocurre de la noche a la mañana. Desde la política, el asumir una posición de defensa acompañada de una estrategia agresiva para aplacar a quienes cuestionan ciertas formas de gestión es preferida a la hora de apuntalar una cultura política autoritaria. Desde la gestión municipal, la ausencia de mecanismos inclusivos y el diseño de proyectos masivos sin participación de las poblaciones directamente afectadas, son mecanismos que restringen en la práctica la capacidad de cuestionar, imaginar y repensar los futuros posibles de un conglomerado urbano. Desde las formas de construcción de consensos, el privilegiar una visión corporativa de la ciudad termina integrando al proceso de toma de decisiones solamente a los sectores empresariales y a las pocas instancias de la sociedad civil que coinciden con intereses económicos afines. Luego se develan los proyectos y se los impone desde arriba sobre los ciudadanos. Así, por ejemplo, se privilegia la construcción de una imagen turística antes que la solución de problemas sustanciales de la infraestructura urbana y la creciente polarización espacial con sus consecuencias de miseria, violencia y marginación.

Desde los medios de comunicación, el principal síntoma de la degradación de la esfera pública es la censura y la parcialización de las perspectivas que se retratan sobre la condición urbana y su futuro. El resultado, en ambos casos, es la imposición de un consenso que, no necesariamente, coincide con la opinión de diversos sectores ciudadanos. Los mecanismos que operan para la construcción efectiva de las ilusiones del consenso pueden ser tanto grotescos como sutiles. La propaganda de la obra municipal, por ejemplo, puede dejar de fluir hacia los medios que incluyen voces y visiones críticas frente a la gestión de las autoridades locales. Los editores pueden elegir estratégicamente entre los colaboradores que gestan opinión pública para dejar al espíritu crítico como algo marginal y casi exótico, una concesión, una dádiva para quienes opinan diferente a la línea oficial. Los reporteros estrella pueden diluir su ímpetu crítico con sonrisas que generan adhesiones y familiaridades con los administradores locales. Las noticias pueden recoger los procesos de transformación espacial en un tono mayormente celebratorio, sin escarbar en las profundidades sociológicas que ocultan las superficies brillantes.

Finalmente, desde la ciudadanía, la esfera pública se anula mediante las prácticas de autocensura. La crítica se queda en los círculos tradicionalmente consagrados al rumor y al chisme, a las conversaciones privadas y limitadas al espacio doméstico. El miedo encarnado en los ciudadanos y su disciplina de silencio, sin embargo, no es el resultado de la aplicación compulsiva de prácticas represivas. Es el producto de una concepción sobre la democracia que delega totalmente en las autoridades la decisión sobre el destino y el progreso. Es una ciudadanía infantilizada que no asume su responsabilidad en defender los espacios de debate, y en ver a la capacidad de crítica y discusión una parte esencial al ejercicio ciudadano y a la calidad de vida en un conglomerado urbano. En este sentido, es mucho más cómodo quedarse callado y ubicarse como espectador de lo que se va creando. Para imaginar una ciudad diversa hay que recordar, de cuando en cuando, que una sociedad abierta es aquella que cuenta con una esfera pública de debate y no aquella que solamente calla y aplaude (hasta los fraudes electorales).

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