
SILENCIO
X. Andrade
El silencio es una dimensión olvidada en el Guayaquil contemporáneo. Ni una sola medida o dispositivo de la renovación se dirige a brindarle el valor que se merece. Todo lo contrario, todos los espacios y vías que se crean incluyen a su antítesis, el ruido, como un componente complementario, y, a veces, hasta esencial al espíritu de ciudadanía que se quiere engendrar desde el poder local.
Existen varias formas de ruido. Mi preocupación fundamental, por tratarse del espacio público, es el del tipo ambiental. El ruido en tanto complemento a la obra municipal creada es mejor ejemplificada por el uso de parlantes en los malecones renovados. Cuando lo deseable sería que por lo menos estos espacios funcionaran como una suerte de oasis visual y auditivo para los paseantes, en vista del alto grado de contaminación de ambos tipos existente en la ciudad, el paseante es impulsado ha experimentarlos como si estuvieran en un centro comercial. De hecho, los alto parlantes no pasan de airear su caprichosa colección de música pop o new age andino, impulsando al ciudadano a sentirse tan invadido como en un centro comercial. La idea es el consumo, no el descanso. Por supuesto, el ruido de este tipo es una vieja tradición en el espacio público o semipúblico guayaquileños. Un ejemplo aberrante de las exageraciones de la apropiación arbitraria del medio ambiente auditivo se da precisamente en un centro comercial: el Albán Borja, localizado al norte de la ciudad entre Urdesa y Miraflores, donde la música y la animación de un parque de diversiones hace de la experiencia de pasear por sus corredores algo alienante y abusivo, atentatorio al propio derecho de los compradores y paseantes.
Pero el ruido no es solamente complementario a algunas de las obras centrales de la Municipalidad, sino muchas veces esencial. De hecho, los conductores de la Metroquil, la operadora de la recién inaugurada Metrovía, ejemplifican la interiorización del ruido como parte de su performance como conductores. La esquina de 9 de Octubre y Pedro Carbo es una muestra excelente. En materia de una hora, he contabilizado más de un centenar de pitazos por parte de los nuevos buses. La mayor parte de veces no parece haber razón alguna para el uso desproporcionado del claxon. No hay transeúntes que amenacen con cruzar, ni autos que pretendan cruzar el semáforo rojo en una esquina congestionada como lo es ésta, en pleno centro de Guayaquil. Parecería como si los choferes hubieren sido instruidos con pitar al azar y arbitrariamente. Muchos de ellos, de hecho, hacen uso de una serie de hasta una docena de pitazos al hilo, llegando a entonar marchas y hasta piropeos. Muy divertidos como datos folklóricos cuando uno los oye una o dos veces pero francamente irritantes después de diez minutos de escucharlos.
Un dispositivo como la Metrovía debería contar con formas de paliar el impacto ambiental que causa el paso de buses y el ruido que ello conlleva, y la emisión de gases con sus nefastas consecuencias sobre las arterias y calles afectadas. En vista de que no se pensó siquiera en hacer uso de combustibles menos contaminantes y que consideraciones ecológicas parecerían ser una palabra obviada en los proyectos masivos del Municipio, cabe plantearse si, por lo menos, como medida remedial se podría pensar en disposiciones tendientes a minimizar el ruido y, porqué no, la declaración de zonas de cero tolerancia a los pitazos.
Una ciudad no se crea solamente con el espectáculo y estímulo comercial, la vida social no es solamente un mercado, ni la ciudad tiene porqué serlo. Una ciudad se crea concibiendo la calidad de vida en un sentido integral. De acuerdo a éste, los ciudadanos que son afectados directamente por la Metrovía deberían por lo menos gozar de algo menos de ruido en lo que es manejable (la mínima instrucción y educación de los choferes al respecto). Y en cuanto a los malecones y las zonas regeneradas, es cuestión de eliminar a los mal habidos muzakes y a los silbatazos de los guardias de la ecuación y declarar a tales espacios como zonas de silencio ambiental. Así, por lo menos, nos acercaríamos a la fantasmagoría de una ciudad democratizante que tome a la ecología en serio. El ruido es otra forma de privatizar el espacio público, por lo menos así lo enseña la desenfrenada alharaca de los conductores de la Metrovía, un signo de que las malas maneras gozan de la venia municipal.