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TREINTA CENTAVITOS DE INFELICIDAD
X. Andrade –transmitido en radio Tropicana en agosto 9, 2006.

Haz patria, ecuatoriano y ecuatoriana, la papeleta está en tus manos …

Lo que viene siendo una colecta obligada por la ley para entregarla como dádiva a los partidos políticos es el golpe más bajo de esta, así llamada, democracia. En Ecuador mi voto vale treinta centavos. Ellos son utilizados para ser redistribuidos entre los diferentes candidatos con el propósito de cubrir los gastos de campaña. Las ofertas demagógicas gozan, entonces, de la bendición de mi bolsillo. Y ni siquiera quiero votar, en realidad nunca, desde que tengo la edad propicia –cinco años después del retorno a la democracia—me ha interesado. He terminado haciéndolo obligado por la necesidad de tener la papeleta de votación para poder viajar fuera del país, y, por supuesto, para cumplir con los requisitos surrealistas de ciertos trámites burocráticos.

Ironía de ironías, las ilusiones de la democracia parten de la perversión misma de mis propios derechos: no quiero votar, no quiero ayudar a financiar a los candidatos, no creo en los mecanismos eleccionarios. No van a contar con mi voto, una vez más, aquellos que han armado alianzas con quienes hicieron de la democracia contemporánea un parapeto para la subordinación a los mercados globales y una dependencia de las trasnacionales petroleras, y una subsidiaria de la guerra contra las drogas a costa de poblaciones enteras fumigadas como ratas. No votaré por quienes se beneficiaron por el atraco y el salvataje de la banca, y del secuestro del poder por parte del Congreso. No cuentan con mi apoyo (asumiendo que éste alguna vez hubiera servido de algo) quienes institucionalizaron las prácticas clientelares y la mediocridad en las instituciones de la gestión cultural pública. Tampoco los de ponchos estratégicos, pelos oxigenados, programas televisivos de mantras vacuos, mensajitos new age y acuerdos bajo la mesa. Menos por quienes no logran representar ni siquiera a los propios movimientos sociales que los impulsan. Tampoco por quien no se ha convencido todavía de que invertir una fortuna no equivale a maquillar la explotación a sus trabajadores. Peor por la máscara femenina de la mafia política mejor organizada.

Eso, simple y llano: no quiero dar ni un solo centavo a los violadores de los derechos humanos, ni a los explotadores consagrados, ni a la bancocracia camuflada, ni a los privatizadores de ríos, mares, selvas y aire. Ni un centavo para los beneficiarios mayores del sistema de justicia, de las “revoluciones” urbanísticas de Quito y Guayaquil, de la “gobernabilidad local”, todos ellos apuestas seguras de aquellos medios que se dedican a la desinformación sistemática.

Las elecciones no son una oportunidad para cambiar nada mientras mi voto sea obligatorio y deba pagar por su propaganda. Por lo pronto, nada más placentero que acercarme a la urna, recoger mi papeleta, destrozarla en mil pedazos y depositarla para que se encarguen de armar el rompecabezas aquellos incautos que fueron reclutados para supervisar el proceso electoral. Reciclaje de basura, eso es lo que ellos parecen pensar de mi voto … y del tuyo. Para que recuerden que esos treinta centavitos son a veces el ingreso diario de muchos de los ciudadanos a los que ustedes, con su circo de cínicas ofertas aderezadas con pistolas y silicones, ayudaron a hambrear y aniquilar. Al final de cuentas, esa es, simbólicamente, la proporción de lo que el sueldo de cada diputado representa frente al salario mínimo del común de los mortales.

… Haz patria, ecuatoriana y ecuatoriano, la papeleta está en tus manos.

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