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| Ilustración: Raúl Ayala | ||||||||
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Roberto Aguilar: Sobre las Misses
Digámoslo de una vez: en el enorme y diverso mundo de la cultura pop, de la que forma parte, Miss Universo es apenas un producto marginal y un tanto decadente, fruto de la confluencia de una serie de intereses comerciales (que van de la cosmética y la hotelería al transporte y las comunicaciones) reunidos alrededor de una marca registrada. Donald J. Trump es el dueño de esa marca y Miss Universo es, antes que cualquier otra cosa, su negocio. El concurso, en sí, no tiene otro peso cultural específico que el que le confiere el hecho de ser una franquicia. No es necesario añadir que su incidencia en la vida de los pueblos y de las gentes es mínima, si no inexistente. Quiero decir: ¿qué tan importante es Miss Universo para nosotros cuando se celebra fuera de aquí? Todos los años, Donald J. Trump ofrece su franquicia al mejor postor. Sus clientes habituales son las élites políticas y económicas de los países tercermundistas. A veces, estas se ven en problemas para justificar el gasto ante sus pueblos, así que recurren a diversas estrategias de comunicación. En el caso de Ecuador, las élites compradoras de la franquicia y sus socios estratégicos se inventaron un improbable proyecto histórico nacional, construido alrededor del concurso de belleza y capaz de redituar en abundancia para provecho de todos. La página web ecuatoriana de Miss Universo sitúa el proyecto en el marco de una “estrategia para insertarnos en el ámbito internacional”. Dice así: “Este es un acontecimiento de gran trascendencia para el país, puesto que permitirá promocionar la riqueza natural, turística y productiva del país al mundo, lo cual propiciará una reactivación del comercio y el turismo”. Es un discurso hecho de imprecisiones y promesas: “Habrá grandes ingresos”, “aumentarán las inversiones”, “se abrirán espacios para incrementar las relaciones con el mundo”, “Ecuador será el centro de atención”. ¿Cómo? ¿Todo un proyecto nacional ecuatoriano construido alrededor de un marginal y decadente subproducto de la cultura pop? Pues sí. Ese es el gusto de las élites, es tan alto cuanto ellas apuntan. En realidad, no sabemos si el Ecuador está girando alrededor de Miss Universo o si eso ocurre solamente en la televisión. Tengo la impresión de que todo es una ilusión mediática construida para beneficio de una élite económica y política. Me refiero a aquellos que hacen negocios con Trump, es decir, a su contraparte ecuatoriana (Rocío Vallejo, Mónica Tobar, Alicia Borja, Ivonne Baki y asociados). Más claro: los que están disfrutando de la fiesta porque tienen dinero para pagar una mesa exclusiva en una cena con las candidatas, e influencias para colocar a sus hijos como acompañantes de alguna de ellas, aunque sea la gordita. Los que no tienen que esperar dos horas bajo la lluvia para ver el espectáculo desde lejos. En la vida del Ecuador se ha abierto un paréntesis de fantasía. ¿Quién declaró esta tregua que tiene a los políticos como suspendidos en una tensa espera, cargada de nubes negras? Nadie lo sabe, pero todos la respetan. El Gobierno dice yo no fui. La oposición dice yo tampoco. Ambos tienen la razón: la tregua política que, mal o bien, funciona en estos días, fue declarada no por los políticos, sino por la televisión La televisión ecuatoriana, que aspira a una tajada del negocio, es una pieza fundamental en esta operación de autoengaño nacional. De hecho, ella es la que suministra la ideología del autoengaño. La que nos pinta el concurso de belleza como un epicentro de nuestra identidad. La que apela a nuestro orgullo patriótico. La que nos convoca alrededor de la figura de María Susana Rivadeneira. La que nos transmite la visión de un Ecuador unido en torno a los organizadores del certamen. La que nos llama al orden, con un jalón de orejas, cuando las cosas amenazan con descomponerse de algún modo. Es la TV quien nos invita a depositar en Miss Universo nuestras esperanzas de un futuro mejor. La resonancia social de estos mensajes parece ser inmensa. De pronto, el Ecuador se ve conmocionado y convencido. Pero, ¿qué específicamente consiste la ideología del autoengaño? En pocas palabras, tiene que ver con la manipulación de un concepto ante el que los ecuatorianos somos extremadamente sensibles: la autoestima. Recuérdese que somos el país que parió la muletilla “los nuestros son buenos, pero se achican en el extranjero”. Miss Universo aprovecha nuestra crisis de referentes culturales (común a los países con altos índices de pobreza) y se ofrece a sí mismo como el nuevo paradigma para medir nuestro valor y ajustar nuestra autoestima. El mensaje que no se cansan de repetir Baki, Vallejo, Tobar, Borja y asociados es que, a partir de ahora, el mundo empezará a tomarnos en cuenta. “A partir de ahora”: esta parte de la oración es importante. Significa que nuestros valores históricos, nuestras riquezas humanas, nuestros prodigios naturales, todo aquello que hace de este un país único y maravilloso, no sirve de nada si no cuenta con las empresas de Donald Trump para expresarse ante el mundo. La autoestima de la que nos habla Ivonne Baki pasa, paradójicamente, por el reconocimiento de nuestra propia pequeñez y nuestra incurable dependencia. Por eso, la ideología del autoengaño de Miss Universo contempla un proceso de sustitución de referentes culturales que puede ser devastador en términos de identidad. Nuestros nuevos referentes son Donald Trump, la NBC, María Susana en sustitución de la Venus de Valdivia, su preparador venezolano (que tanto se ha sacrificado por nosotros), un video de 12 minutos con propaganda turística, un bikini de oro, un mamotreto forrado de rosas, una flor de nombre Trump y otra llamada Amelia. Mónica Tobar, coordinadora del certamen, encuentra también motivos de orgullo nacionalista cada vez que contempla a las multitudes esperando mansamente bajo la lluvia, o cuando ve a tanta gente trabajando gratis al servicio de Donald Trump. Los alcances culturales de nuestras élites son de una fatuidad y una pobreza de llorar a gritos. Si no se mueven todos de aquí en 10 minutos, la NBC se va a ir, amenazó María del Carmen Aguayo a un poco de gente que estaba indignada porque la NBC no le dejaba entrar a su casa. Calladitos, formalitos, bajemos la cabeza para no molestar a los gringos. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? “Vamos a ver qué tan ecuatorianos somos decía una mujer consultada en la calle por la TV, cómo vamos a respetar y vamos a portarnos bien”. Calladitos, formalitos. Ante una versión tan peculiar de identidad nacional, ante una visión tan pobre de nosotros mismos, me pregunto si Miss Universo no está causando en el Ecuador algún tipo de daño cultural irreparable.
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Todos los derechos reservados, Roberto Aguilar, Experimentos Culturales 2003