Democracia, Ciudadanía y Arte Público

Por Douglas García R

 

Cuando somos ciudadanos no podemos evitar la inercia de no involucrarnos en lo humano, en lo arquitectónico o dejar de pensar en las ciudades; en la pérdida de territorio a favor del concreto y el asfalto y sus sempiternas crisis de servicios; sobre todo con el incremento demográfico que han sufrido nuestras ciudades en estos últimos 50 años. Evidentemente, pensamos con cierta angustia en los espacios ciudadanos (algo de otro o algo de todos), desde luego, en la dinámica agotadora de su ciudadanía. Pero cuando esas ciudades son latinoamericanas, no solamente pensamos en el lenguaje y una memoria común y el crecimiento dramático de su superficie con todo el caos que ésto genera, sino también pensamos en la inmensa probabilidad que tienen los espacios públicos en el intercambio y en la convivencia democrática de una compleja ecología ciudadana.

El entramado urbano de nuestras ciudades latinoamericanas, es algo que anárquicamente no cesa de crecer, asimismo, la complejidad de los problemas que acompañan este pertinaz crecimiento, hecho que hace de ellas ciudades sicopáticas (telúricas; variantes e inestables) con mutaciones que se antojan irreversibles. En ella se puede hablar de masificaciòn, concentración de la pobreza, segregación, pérdida de la calidad de vida, degradación y ocupación de los espacios urbanos, producción incontrolada de residuos que contaminan todos los entornos, privatización de los espacios públicos, economía informal, ingobernabilidad, etc. Comenzaremos por recordar que Latinoamérica es fruto de traslados y esos traslados han tenido transcripciones (y deformaciones) de modelos.

Debemos darnos cuenta que también encontramos espacios públicos repletos de monumentos de próceres y caudillos que pertenecen a la insolente herencia de un reciente pasado militarista y dictatorial. Estos monumentos emergen sagrados e impersonales ante nuestras miradas como si no nos perteneciera, a esto y como si fuera poco, debemos añadir a una nueva democracia latinoamericana que también crean espacios para sus propios héroes, pero esto sería una simple anécdota si no fuera que esta novel democracia se ha encargado de diseñar o rediseñar espacios públicos o podríamos decir otros espacios que son replicas de otros modelos que creen que pueden funcionan en todas partes, es lo que pudiera considerarse como una llamada local a la modernidad,  que no es otra cosa que la modernización (puesta al día de las ciudades) que nos ha llevado a la sobremodernidad de recibir modelos adoptados, sin planeamiento y consideración con la ecología humana y la personalidad urbana de una ciudad. Modelos que pretenciosamente facilitan la dispersión espacial, espacios simbolizados de una manera despersonalizada que son llevados a la evocación que burla la identidad cultural de una urbe, hecho que a su vez es criticado por la postmodernidad, desde luego, debemos tomar en cuenta que se a dicho, en un tono a menudo irónico, que Latinoamérica es el mejor laboratorio para experimentar los fenómenos postmodernos.

Contemplamos con malestar, con indiferencia o en todo caso con impotencia como se levantan a pesar de las recomendaciones de ambientalistas los imponentes rascacielos de cristales de espejos, sin embargo, no era difícil que un ciudadano de México D.F en los años 60 se sintiera identificado con la torre Latinoamericana al igual que en los años 80 un ciudadano de Caracas lo hiciere con el Parque Central. A esto debemos agregarle que sobre nuestros viejos espacios de ocio se expande el hedonismo comercial de los centros comerciales que pugna entre si para mantener su vigencia, y que se han hechos lugares de identidad para los jóvenes que se reconocen y se definen en virtud de ellos. Definitivamente, las megas metrópolis latinoamericanas aceptan de todo y esto actúa directamente sobre el comportamiento afectivo del individuo, por lo que éstas se han convertido en espacios duros, estandarizados y deshumanizados que sólo son salvados por la aún afable idiosincrasia de sus ciudadanos.

No podemos obviar los cinturones de miseria, inseguros y hostiles cuando hablamos de estas ciudades, cinturones que las rodean, la abrazan y que crecen desmedidamente al margen del desarrollo socio-económico y que a su vez exigen pertenecer a la diversidad y a la pluralidad de la misma ciudad. Debemos admitir sin desmerecer nuestro apego que las ciudades latinoamericanas son incapaces de sastifacer nuestras necesidades, y a pesar de esta desatención y que estas se han convertido en si mismas en un monumento a la incapacidad son las ciudades más caras sobre el planeta, ejemplo de ello tenemos a Sao Paulo que sin más, es la tercera metrópolis con el nivel de vida más caro, sólo superada por Moscú y Tokio, o una Bogotá más cara que una Buenos Aires y ésta a su vez más cara que Ámsterdam.

 

 Los monumentos de nuestras ciudades a los cuales me he referido de manera benévola han sido desplazados a su vez por la publicidad, hecho que se repite en todos lados por igual. En el caso de la publicidad, esta busca reflejar en el ciudadano nuevos valores monumentales a través de imágenes que seducen e incitan en la búsqueda de su propia conquista y que a su vez estas imágenes echan mano del arte. Sobre la publicidad, más que referirme a la experiencia plásticas que tenido sobre la misma artistas como Antoni Muntada, Barbara Kruger, Jenny Holzer o Alfredo Jaar, voy a tomar prestado en lo oncológico algo dicho por Javier Maderuelo que en referencia a la publicidad diría: “que esta continúa una idea ilustrada de realizar una labor educadora del ciudadano a través de emblemas monumentales, pero que estos pertenecían a una consigna consumista de la misma publicidad que esta se encuentra alejada de las ideas educativas y emancipadoras del individuo que alentaba el ideario de la ilustración”.

 

Sin ánimo nihilista deberíamos preguntarnos quién o quienes son los responsables de esta desmesura, quienes se hacen responsable de la participación democrática de los entes que conforma una ciudad, quienes gerencian los espacios urbanos o quienes se encargan de administras  los sueños ciudadanos. En todo caso, estaríamos de acuerdo en admitir en este despropósito que los modelos de planificación basados en el racionamiento científico asentado sobre la teoría del crecimiento homogéneo y sostenible han fracasado a pesar de las buenas intenciones de la Brasilia de Lucio Costa y Oscar Niemeyer. Tampoco habrá de desestimarse que durante los años 80 fueron muchos los urbanistas que influenciados por teóricos como Foucault y Habermas propusieron unos planeamientos íntercomunicativos donde todas las dimensiones del conocimiento, entendimiento, experimentación y juicio eran admitidos en pro de la eficacia funcional y cívica de una ciudad. Pero nuestra ciudades están y crecen, y con ella los paradigmas culturales que irrumpen como una nueva democracia que reflexiona sobre los espacios, la ciudadanía, lo social y los sin limites del arte contemporáneo.

 

Cuando hablamos de Arte Público, tenemos que hablar sobre la ciudad y sus monumentos, es cuando irreverentemente nos viene a la memoria un Joseph Beuys con el proyecto (700 robles) el cual realizó para la Documenta de 1982. Beuys para este proyecto quiso de una manera simbólica convertir a los ciudadanos en si mismos en un monumento, y de alguna manera nos daba luces sobre el futuro del monumento en el infatigable espacio urbano contemporáneo.

El Arte Público busca recuperar a través del hacer de los artistas, espacios para la ciudadanía, es decir, prevalecer sobre el planeamiento funcional y vaciado de significado de los espacios ciudadanos llevando a estos a su vez a ser un espacio activista y alejado de ser un simple contenedor de obra que en definitiva terminaran siendo un monumento al cuidado de instituciones museísticas. En esto último, hay una seria reflexión que plantea el Arte Público al buscar un tránsito temporal, y es la de tratar deslastrarse de la práctica invasiva de numerosos artistas que conciente o no han tomado el espacio público como un receptáculo de sus obras como una prolongación de un museo que desatiende la necesidad y la interacción de la ciudadanía. El site specifity es un ejemplo de ello, por ser esta la imposición de la obra sobre el espacio con escasa vocación urbana y social, que evade a través del discurso grandilocuente del artista y el museo el debate que busca el Arte Público sobre los problemas espaciales de la ciudad. Es por ello, y tomando en cuenta a un Richard Serra cuando en un catálogo elaborado por el Museo Reina Sofía argumentaba, que entendía a site specifity como “una respuesta crítica que ofrecía el artista a título individual, desde su genio y a través del lenguaje del arte”, podemos  decir que esta manera de entender el espacio y su intervención está condenado a ser un monumento bajado del tradicional pedestal y está cercado en la transición de la lógica del monumento que buscó siglos atrás un Rodin con la puerta del infierno.

Evidentemente, el Arte Público es un movimiento abstracto que se fortalece en la necesidad de la práctica colaborativa y ciudadana, quizás por ello podemos encontrar en este la confusión en sus términos, por lo que no es extraño encontrar esta práctica artística denominada como arte en la calle, arte social, arte urbano, etc. Tal vez deberíamos atribuirle esta confusión a la palabra “arte” y todos sus cuestionamientos y representaciones, o a la ambigüedad de la palabra “público” que no determina la concreción del mismo. En todo caso debemos tener presente que las prácticas públicas han dejado de ser un ideal (idea) para ser existencial (existencia) y con ello da lugar a lo posible, una eficacia crítica y un intento por restituir.

El Arte Público es ciudadanía que se convierte en si misma en obra, en mediación, en planteamiento que busca su propia responsabilidad en el planeamiento del entramado urbano, en la democratización de una urbe y desde luego, en la renovación de su propia ecología. El carácter temporal de sus obras busca presentar sin ser presencia, y ser una práctica social que responda a las necesidades e intereses del testimonio (lo oral) y registro (lo visual) de los diferentes entes que integran un entorno. Como lo denominaría Aldo Rossi en su concepto de Locus; “un lugar para que algo tenga lugar” a la vez de “ser un compromiso que a través de intervenciones crítico estéticas, infiltraciones y apropiaciones cuestionan las operaciones simbólicas psicopolíticas y económicas de las ciudad” como lo definiera Krzysztof Wodiczko.

Los eventos de Arte Público se han hecho más plurales en nuestras metrópolis; mientras esta manifestación revisa su ombligo en ciudades norteamericanas y europeas, es una manifestación notable en ciudades como México D.F, Sao Paulo, Buenos Aires y Santiago, mientras en ciudades como Bogotá y Caracas es una intención germinal que establece nuevos espacios de confrontación.

Los ciudadanos estamos concientes que seguimos perdiendo territorios en nuestras ciudades modernamente deformadas por la inmediatez de un pensamiento racional que nos habla de futuro y que el Arte Público como anunciara Siah Armanjani busca más que la creatividad,  es convertir al artista en un nuevo ciudadano.

 

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