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Es interesante analizar como el discurso colonialista del desarrollo se adapta a las diversas etapas y escenarios de América Latina. A partir de este discurso se ha pretendido legitimar las más heterogéneas prácticas de sumisión ante el capital, todo en pos del anhelado crecimiento de nuestros países. Recordemos el papel de la CEPAL en los 60s y su industrialización por sustitución de importaciones.
Desde fines de los 80’s, a lo largo del continente, se promueven nuevos espacios para el mercado. En este caso el turismo histórico y su variado stock de productos patrimoniales, le significan a América Latina una tergiversación perversa de su memoria y una nueva ofensiva a las condiciones socioeconómicas de sus habitantes. Tomemos como ejemplo el proceso por el cual atraviesa Quito en los últimos tiempos. Entre los productos patrimoniales, la rehabilitación de las edificaciones del centro de la ciudad, vienen a ser un importante eje desde el cual se articulan las diversas estrategias por las cuales el neoliberalismo actúa. La descentralización estatal otorga plena capacidad a nuestro gobierno local para establecer convenios y facilitar el paso a la mal llamada inversión extranjera. En la mayoría de casos estas inversiones son mínimas, comparadas con las ganancias a mediano y largo plazo. Así las élites locales a través de los departamentos municipales encargados, tienen plena capacidad de adquirir bienes muebles o inmuebles devaluados, o mediante decretos expropiar espacios a sectores populares. Ya adquiridos estos espacios, se restauran las edificaciones conservando la arquitectura tradicional, para diversos usos comerciales. Las zonas referidas son potenciadas a través de discursos identitarios, De tal forma, que lo histórico se convierte en motor de turismo. Al llegar a este punto la pregunta es, ¿cómo lo histórico, siendo escenario de conflicto, cargado de simbolismo para los pueblos, por tanto un espacio político, se convierte en cualquier mercancía? Una entrada importante para el tratamiento de este problema sería reconocer que para occidente la historia se teje con los hilos del progreso, por ende del positivismo. Para el cual la existencia del hombre se resuelve en la evolución y el perfeccionamiento. Este progreso solo será posible desde la condición de individuo poseedor en el mercado. Cuando Baudrilllard se interna en el ámbito simbólico, en la “Economía Política del Signo” entendemos como la mercantilización anula la politicidad de eventos y espacios. Su teoría de la simulación y la repetición nos es útil para comprender que en el momento que el objeto histórico es actualizado, y reproducido en serie, tiende a anular las diversas confrontaciones sociales, que le son propias. Como lo señaló Bourdieu, estos mecanismos permiten una apropiación del tiempo por parte de las clases altas. La ganancia es doble, si por un lado recordamos los altos ingresos económicos que estos procesos representan para dicha clase. Y por otro la manipulación ideológica, que se logra. Solo entonces, la conquista de América es vendida como el encuentro armónico, entre dos culturas. Así se perpetúan héroes, para los cuales su razón de ser era Europa. Por una “buena imagen”; se hacinan a comerciantes, se esconden a prostitutas, ancianos y niños trabajadores. Y cuando la conflictividad social es mas alta se cierra el paso a las manifestaciones populares. Hoy podemos ver como la “cosmética” impresa por los grupos de poder en Quito, transforma de forma paulatina las calles y los rostros de la cotidianidad. Esta es tan solo una razón mas para replantearnos el papel de la memoria, no como un recurso lineal y abstracto. Sino más bien como permanente espacio en disputa frente a la frivolidad de lo decorativo. Fotos: Francisco Jiménez P. |
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