MARCELO AGUIRRE
UN ARTE A DIARIO
MUSEO MUNICIPAL DE GUAYAQUIL
Volver (...que doce años no es nada)
Por Rodolfo Kronfle Chambers
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Incertidumbre, oleo, 2006

En 1995 Marcelo Aguirre gana el Primer Premio del Salón de Julio.  Acto seguido el Museo Municipal de Guayaquil invita al artista a presentar una muestra individual.  Aguirre propone como título de su exposición una frase clave pronunciada en el célebre juicio político del momento: “Manos limpias y sin sangre”.  La muestra planeada se cancela.  Los motivos aparentes fueron las implicaciones políticas de las obras y la incomodidad que las mismas causarían al establishment político local.  A los dos días se otorga a Aguirre el Premio Marco, uno de los galardones más codiciados por aquel entonces a nivel continental, lo cual lo consolida como uno de los artistas nacionales más importantes de su generación.

Esta breve relación de hechos es importante porque en este país amnésico vale de cuando en cuando hacer algo de memoria, más aún cuando aquel recuerdo puede engrosar nuestras lecturas de la situación presente.  Episodios como aquel no son sino una página más que da cuenta de la permanente negociación y tensión que se produce entre la producción artística y los entes llamados a fungir como articuladores y mediadores de la misma hacia un público.  No fue ni el primer ni el último caso en que discursos artísticos se someten a procesos de censura, aunque siempre me llamó la atención que la obra de Aguirre haya sido objeto de la misma, esto porque su propuesta –salvo la referencia concreta del título de la exposición- nunca había empleado embates retóricos directos, sino más bien sugerentes de todo un sustrato de circunstancias que bien podían desbordar la especificidad del caso puntual o específico.

Tomando en cuenta estos antecedentes el retorno de Aguirre al Museo Municipal, doce años después de estos hechos, está forrado entonces de significancias especiales, más aún cuando la naturaleza de la obra reciente que ahora se exhibe comparte –en el fondo- las mismas inquietudes y motivaciones de aquel entonces.  Exponer ahora en estas salas supone a fin de cuentas una labor institucional que comprende el accionar del campo artístico como un territorio eventualmente conflictivo y crítico, pero por sobre todo libre y necesario, una labor que no debe entenderse como una dádiva, licencia cómplice o suscripción ideológica, sino una responsabilidad comprometida con la pluralidad creativa y los horizontes abiertos de la cultura, un entendimiento del arte como herramienta de conocimiento y reflexión de todos los órdenes de nuestro entorno.
Colección Encaje Bancario, oleo, 2006.

Lo que posiblemente se ha transformado en esta nueva aparición de Aguirre es tal vez la aproximación que ahora ensaya hacia su trabajo, especialmente en la obra más representativa de esta exposición, y a mi juicio una de las más importantes en la carrera del artista, dado los alcances de sus lecturas y lo sostenido del gesto implicado.  Se trata de Un arte a diario, título con que denomina al ejercicio que por el lapso de 4 meses realizó durante su estadía en Alemania entre los años 2002 y 2003: cada día accedía al Internet para estar al tanto de las noticias del Ecuador, consultando las páginas electrónicas de la prensa local, de entre estas seleccionaba una, la cual imprimía e intervenía con dibujos en tinta o esfero.

El resultado fueron 120 piezas que devienen en una suerte de diario alternativo en el cual conviven al mismo tiempo la experiencia mediatizada de los hechos públicos y una reacción individual –una subjetividad autónoma- ante los mismos.  Afincado en el tipo de lenguaje expresivo y sintaxis visual por el cual es conocida su obra el artista ensaya, de manera muy espontánea, lecturas personales sobre las imágenes, intervenciones que son suscitadas ya sea por palabras específicas o por la información particular que contiene cada impresión.

La obra –a pesar de resistir la literalidad de sentido en su gesto ilustrativo- destila un profeso acento político, por lo general de carácter satírico, claramente intencionado hacia una necesidad de abordar y entablar un diálogo con la actualidad, con la realidad de todos.  Es profundamente decidor el hecho de que este trabajo se haya hecho conjugando el factor de la distancia que separa al Ecuador de Europa, una distancia que no resulta un elemento gratuito luego de la honda impronta que ha dejado en la consciencia colectiva del país el fenómeno migratorio: aquel diálogo con la realidad ecuatoriana –articulado al interior de los medios de información presentes en el espacio virtual- concentra una suerte de necesidad vital de contacto, por muy penoso y lamentable que sea, con el terruño natal.  Aguirre está en cierto modo humanizando la noticia despersonalizada, anodina y ciertamente distante si nos imaginamos el contexto de su recepción transcontinental. 

Destrucción creativa

Hace rato ya en el Ecuador la esfera de la vida política se torno en una permanente representación de sí misma, -siguiendo a Baudrillard- en un simulacro, en una reiteración de acciones y situaciones que han procreado sus propios clichés, sus propios esquemas teátricos, una serie de réplicas que han adquirido mayor legitimidad, valor y poder que sus referentes originales.  Aguirre parte de una interpelación de esta hiperrealidad, su gesto desborda la comicidad de la interpretación humorística propia de las viñetas y caricaturas para intentar a cambio abrir otros surcos por donde la realidad supure, dando paso a formas –aunque igual irónicas- menos evidentes, apelando ciertamente a generar grosores semánticos multidimensionales. Para explorar estas posibilidades se incluye en este catálogo un análisis de esta serie a cargo del antropólogo Mauro Cerbino, el cual abrirá algunos interesantes caminos de interpretación.

Entre la Desidia y La Esperanza, oleo sobre periodico, 2006

La indisoluble relación entre los contenidos de la obra de Aguirre y la realidad del día a día se confirma en el génesis que tiene la misma en los medios de comunicación masiva, cuyos trillados repertorios visuales el artista reprocesa.  El resultado son nuevos imaginarios, “imágenes secundarias” que contrastan las construcciones icónicas de la maquinaria político-publicitaria, los cuales se convierten casi siempre en fenómenos mediáticos dada la reiteración de estos modelos –sin beneficio de inventario- por los canales de información. Lo que nos presenta el artista es un conjunto de nuevos territorios, un microcosmos de oposiciones y de resistencias que sin embargo dependen de una estructura mayor. Si lo enfocamos así podríamos inclusive entretener la idea de un Aguirre iconoclasta.

A cuatro manos, oleo, 2006

Esto se hace evidente en el grupo de pinturas que se exponen, como la titulada Entre la desidia y la esperanza, un lienzo recubierto con un collage bastante uniforme y monocromo de caricaturas de prensa y que funciona como un telón de fondo, como un panorama histórico y cultural sobre el cual resalta una colorida figura con orejas de burro que en gesto clásico de tarima se dirige a nosotros.  Se trata de una representación híbrida que encarna tanto mesianismos como populismos (la pose es ambigua, entre impartiendo una bendición y la aceptación de una ovación), un estereotipo ya calcificado del candidato, parte pastor evangélico, parte fogoso orador.  En un diálogo con la tradición pictórica pudiésemos entender esta pieza dentro del género de la pintura histórica (aquí se declara la presencia tangible de un orden socio-histórico como macro estructura), pero una en que no se narran acontecimientos específicos, ya que su ética reside en su carácter atemporal, su posibilidad de proyectar su moraleja -que hurga en el tragicómico corsi e ricorsi del devenir del mundo- hacia un futuro incierto, aquello si le otorgamos algún sentido a las columnas de horóscopo que enmarcan la escena.

La evocación de los títulos en pinturas como A cuatro manos y La alianza de los Masapos sugerirá a su vez el carácter de sátira de las mismas, proyectado en una cómica representación literal de las palabras sobre personajes que entendemos como los que pululan tras bastidores el infortunio de la nación.  En estas piezas se atisba un tipo de humor que no ha sido frecuente en el trabajo de Aguirre, aquí el artista toma el estereotipo y lo desfigura, exagerando facciones o asimilando a los personajes con formas de vida animal para ridiculizar.  Esto, lejos de alivianar los temas, los vuelve tal vez más incisivos que en otras instancias de su quehacer, donde el gesto agresivo y una expresión más virulenta marcaban el ritmo.

Guayaquil, 24 de febrero del 2007

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