

Es probable que el análisis más prudente del Salón de Julio de este año sea uno que nos permita sacar algunas conclusiones del estado de cosas actual en nuestra escena. Creo que existe una suerte de consenso de opiniones en torno a lo flojo de esta edición, y esto va más allá de cuantas obras sobran o cuales de las meritorias no entraron; es que simplemente en su conjunto la exposición como tal no inquieta, no moviliza, no emplaza, no afecta.
Siendo el salón más débil desde que se percibe una nueva orientación de rescate del evento vale aquí observar que el alto nivel de los jurados involucrados –por lo general figuras internacionales reconocidas y artistas/gestores inobjetables de nuestro medio- no parece ser suficiente para garantizar un resultado alentador. Y esto tiene a mi parecer por lo menos tres explicaciones medulares: primero, la inconstante participación de los artistas emergentes con mayor proyección, sumado al repliegue de los artistas posicionados que se encuentran en la mitad de su carrera; segundo, las inconsistencias aún patentes en los estudiantes de arte que participan (falta de grosor poético y de densidad conceptual-metafórica por partes iguales, propuestas sin decantar y desarrolladas al apuro); y tercero, algo que es muy sencillo y que considero imprescindible dado el desconocimiento del medio de los jurados (lo cual puede generar posturas condescendientes): sería importante que el Museo emita una clara consigna a quienes contrata enfatizando lo que aspiran de su labor, una simple encomienda aclarando que lo que se busca es un salón de obras meritorias y no mediocres, más o menos, ni fu ni fa, o que pasen pero que no convenzan. Si hay que tener un salón de 18 obras en lugar de 27 –como a mi juicio debió ser este- pues ese es el precio a pagar en pos de elevar la barra del rigor y exigencia para todos.

Este punto es uno que suele manipularse, aduciendo un concepto inaplicable de “democracia” por quienes sostienen que el evento debe ser más inclusivo y albergar un número muy superior de obras. Para entender aquello hay que volver a las raíces de este asunto y recordar que el concepto de “salón” lo heredamos de la Francia del siglo XVII (el primer salón data de 1673) y se fundamenta justamente en la aplicación de un estricto tamiz por parte de un grupo de entendidos. Aunque estos mecanismos de fomento y difusión resulten un tanto inadecuados a las dinámicas actuales del mundo del arte, la contraparte del peso de su tradición se convierte en un obstáculo de transformación. La cosa es que a un salón se debe entrar por méritos (esto no es un festival, para eso está el FAAL), el aspecto democrático reside en la posibilidad de participar, abierta a todos, pero el concepto mismo de salón conlleva la implementación de un criterio de selección, conformado por el conjunto de subjetividades informadas de quienes integran un jurado. Me pregunto cómo se sentirían los artistas rechazados si se hubieran admitido 100 de las 214 obras receptadas ¿mejor o peor?
Al anunciar el premio del Salón EL UNIVERSO tituló la noticia “Alumna del Itae es primer lugar” por lo que quisiera referirme a la nutrida inclusión de alumnos de dicho instituto superior en esta y en las recientes ediciones. El tema Itae a veces ha sido tratado con suspicacia insinuando alguna predilección hacia este centro de estudios, lo cierto es que si hacemos un careo detallado probablemente encontremos que un número superior de alumnos a los admitidos fue rechazado, lo cual en primera instancia desmiente cualquier sospecha de favoritismos (y nos habla además del trecho que aún queda por recorrer a este valioso instituto en su aspiración fundacional de “producir intelectuales sólidos”). Por otro lado aquellas 8 obras de estudiantes del Itae nos debería incitar a preguntar qué es lo que esta institución sí está haciendo bien para que pueda ser implementado –sin egoísmos- en universidades ecuatorianas con mucho más recorrido que esta joven escuela que aún no gradúa a su primera promoción. Lejos de lo que algunos piensan el profesorado del Itae no pudiera ser más variado en sus aproximaciones al arte (profesores tan disímiles como Patiño, Brito, Alvarado, Velarde o Zúñiga son prueba suficiente) por lo que especular en torno a la impartición de un “sistema” o modelo de producción homogéneo es un simple desvarío.

Me resulta interesante remitirme a algo de “trivia” para ponderar otros aspectos en torno a lo que significa un primer premio. Desde 1959 en que se instaura el Salón solo tres mujeres han ganado el primer premio de pintura: Mariella García (1981), Helen Constante (2001) y ahora Gabriela Cherrez. (En la presente edición la admisión de mujeres es tal vez la más alta de la historia, 9 participantes cuando hemos tenido un máximo de 4 en años recientes).
Con esto quiero relievar algo que fácilmente olvidamos, ningún premio es garantía de proyección futura y por ende debemos ponderar con mesura a quienes obtienen los galardones, despojarnos de la nociva tendencia de validación temprana, apresurada legitimación y tono laudatorio con que se articula públicamente estos fenómenos. En su largo recorrido así como el Salón ha visto consolidarse a algunas de las figuras más sobresalientes de nuestra plástica, por el mismo también han desfilado no sólo nombres totalmente sobrevalorados sino además muchos que se han esfumado sin pena ni gloria del panorama cultural. Es por esto que prefiero hablar del Salón como una muestra y no discutir el orden del medallero, un palmaré que hay que tomar con beneficio de inventario y que –dada la heterogénea naturaleza del arte actual- puede cambiar de manera brusca con tan solo variar un miembro del jurado.
Puedo decir que las obras que más me inquietan e interesan son las de Cherrez, Peña-Chonillo y Coello, pero con la conciencia clara de que aquello parte de cómo se ha informado y formado mi subjetividad, de lo que considero pertinente y que siento me aporta perspectivas inesperadas para reflejar distintos aspectos del momento histórico y cultural que vivimos. Puedo respetar y diferir de cualquier otro criterio en el que intuya ha intervenido un serio trabajo de reflexión y acumulación de conocimiento, pero a su vez no considero válidas opiniones pronunciadas a partir del simple “gusto”, y mucho menos desde posturas que no toman en cuenta las complejidades y discusiones que atraviesan el mundo del arte hoy en día.
Segundo Premio - Ulises Unda
Subalterno I y II
Tercer Premio - Erwin Peñaherrera
Locutorio
Menciones de honor:
Ricardo Coello - Propuesta de diseño para papel tapiz
Carlos Vaca - Tríptico de un Nirvana
Edison Rosero - Abstracción de las ideas
Jurado:
Rosina Cazali - Guatemala
Tulio de Sagastizábal - Argentina
Larissa Marangoni - Ecuador (en reemplazo por jurado francés que no pudo llegar)
Directora del Salón:
Manuela Ribadeneira - Ecuador
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