CERDITOS EN EL ESPACIO

X. Andrade

Samborondón es, desde la década pasada, la expresión más evidente de la fragmentación espacial de la sociedad guayaquileña y del nuevo paisaje resultante –el de las ciudadelas fortaleza-
que encuentra su contraparte en los masivos territorios suburbanos.  Estos dos tipos de ecologías, la de la opulencia y la de la pobreza, hacen noticia también de manera diferencial en los medios.  Mientras que la primera aparece a través de las páginas de farándula, los barrios marginales son ora protagonistas de crónica roja ora demandantes de acceso a recursos urbanos básicos.  A los jóvenes de uno y otro paisaje les corresponde así mismo una etiqueta opuesta:  el estilo protegido de vida de los “chicos burbuja” se contrapone al callejero de los “pandilleros”.  En temprano diciembre, un rumor levantado en aquella ciudad satélite quebrantó este orden simbólico y, así, el artificial sentido de seguridad que una sociedad de extremos crea.
Transmitido por vía virtual entre escolares, la información anónima se convirtió, por la magia mórbida de los noticieros televisivos, en una conspiración de alcance transnacional organizada por pandilleros para vengar la muerte de uno de los suyos.  El documento aludía a las figuras de cerditos pintadas desde meses atrás en las vías públicas, inadvertidas hasta el momento, como evidencia codificada de una matanza en proceso que tendría lugar en los recintos educativos de Samborondón.  Mientras el sentido de seguridad de su población viene dado por un entorno físico patrullado, y su homogeneidad de clase y étnica, el pánico cundió y una ola de declaraciones de autoridades y madres de familia de la zona llevó a cerrar instituciones educativas para proteger a los potenciales objetivos de tamaña empresa.
En este tipo de experiencia ciudadana, de ilusorios oasis de desarrollo situados más allá de los cambios estructurales de la sociedad y distanciados de los sectores deprivados, el miedo sirve para retratar a éstos –y apartarlos- cabalmente.
En el contexto descrito, la vida social de los cerditos fue vertiginosa, risible pero también deleznable.  Septiembre:  nacen en el campo del diseño gráfico y el mercadeo para pasar a ser pintarrajeados como una intervención de arte callejero.  Octubre:  se transforman en un comentario sobre la democracia en tiempo de elecciones.  Diciembre:  devienen en un accesorio clave dentro de una ola de histeria colectiva.  El lado cómico de esta historia tiene que ver con la ingenuidad originaria del proyecto y el sensacionalismo ilimitado de la televisión.  Si risa provocaba, por lo ridículo, ver a los reporteros al borde de un ataque de nervios, tristeza causan, en cambio, el lenguaje clasista bajo el cual los chanchitos fueron enmarcados, los estigmas existentes sobre los jóvenes de estratos populares, y, la gradual abolición del espacio público en Guayaquil.  Finalmente, compelidos legalmente a cubrirlos con pintura, sus autores delinearon a brochazos otra fantasmagoría:  aquella que nos recuerda que las paredes que alguna vez fueron apropiadas para expresar ideas son ahora meros dispositivos de un sentido del “ornato” tan perverso como la propia idea de una ciudad amurallada.

Fotografías: Daniel Adum G.

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