
EL SINDROME MULTI CULTI
X. Andrade
editorial transmitido por Radio Tropicana, enero 3 de 2006
El anuncio de la constitución de un nuevo Ministerio, el de Cultura, ha despertado una superficial, cuando no directamente folklórica en su propio derecho, reflexión en los medios. La discusión se ha situado en los parámetros esperados: el “multiculturalismo”, por el lado del flamante Ministro Don Antonio Preciado, y, el de la “ausencia de políticas culturales”, desde distintos editorialistas y entrevistados. Detrás de su apariencia de común sentido que resulta en gratuita esperanza, los dos argumentos se vuelven profundamente problemáticos puesto que ambos desconocen precisamente la historia de la gestión cultural en el país, una historia que tiene tanto que ver con caprichos y clientelismos como con aportes puntuales al reconocimiento de la diversidad.
Una historia que, por lo demás, resta escribirse más allá de los informes burocráticos y sus listados de actividades anuales, cuando ellos existieren y en el mejor de los casos, puesto que el otro gran problema es el de la ausencia de contabilidad social sobre las inversiones estatales en gestión cultural. Esto explica como, por ejemplo, el mayor museo del país se haya dedicado a lanzar revistas de farándula y festivales de moda puesto que, en la tierra de nadie, todo cabe bajo el caprichoso paraguas de “lo cultural”. O que, también como en otras instituciones, se haga compra de los desechos pictóricos del amiguito o del banco quebrado de turno para engrosar las bodegas del “patrimonio cultural”, generosamente así definido gracias a las maromas de las ilustradas definiciones del funcionario de turno.
La historia de la gestión cultural no da cuenta de un terreno ascético que sería el digno equivalente a las nociones de entretenimiento que manejan ciertas autoridades como sinónimo de “cultura”. La verdad es todo lo contrario. Ciertas prácticas merecen un radical cambio, y el riesgo con el mantra multiculturalista es que esta historia se deje de lado cuando lo que se impone es, precisamente, una evaluación crítica y estratégica del devenir del Estado en materia cultural.
Por lo expuesto hasta ahora sobre el tema, todo indica que tanto “multiculturalismo” como “políticas culturales” se convertirán en elementos claves de la pantalla democratizante del manejo cultural del nuevo gobierno. Y esto deriva del hecho de que se manejan concepciones anquilosadas que han hecho de la gestión cultural el reducto de las malas prácticas de siempre. Así, pregúntese sobre la trayectoria oficial de las instituciones del Estado y todas dirán que han defendido la diversidad cultural. Cierto pero, generalmente, bajo una versión de lo ecuatoriano que le correspondería, más bien, al Ministerio de Turismo: las “culturas” han sido interpretadas como tradiciones orgánicas suceptibles de ser fomentadas o desplegadas a la manera de un bazar, con la finalidad de perpetuar una ilusión de pertenencia nacional que deja de lado precisamente un elemento clave: que no somos una nación y que no tenemos que teleológicamente llegar a serlo. Añádase a eso el derecho de las comunidades para recuperar sus bienes patrimoniales y, entonces, empezaremos a aterrizar en un terreno no ilusorio y más allá de la retórica.
De hecho, la principal perversidad del “multiculturalismo” es que ha desplazado las propuestas más creativas del debate: las de la plurinacionalidad. Hay algo más allá de la venia que este Ministerio podría terminar representando para otro de los sectores votantes: los indígenas, los afroecuatorianos, los cholos, los montubios? Para no mencionar, claro, los anaranjados y los rojos estratégicos que han tenido en ciertas instituciones el manejo de lo cultural como su pedacito propio de lo que llamamos “Estado”. Quizás, espero que no, este reparto constituya el sentido acotado pero macabro de “Alianza País”. Hay, por supuesto, la esperanza de que el nuevo Ministerio de Cultura esconda alguna idea sustancial sobre transformación institucional y alguna estrategia que no sea meramente discursiva para alcanzarla. Estas son preguntas que quedan planteadas para el Sr. Ministro, a sabiendas de que quienes acapararán la discusión --centralizada en Quito-- tienen ya respuestas de antemano: la multiculturalidad, y, claro, su cómodo correlato, el de las políticas culturales.
Respecto de las políticas culturales, no es que no hayan existido. El problema es precisamente que existen. Sostener lo contrario es ingenuo. En la práctica, las políticas que se han impuesto son las que merecen ser erradicadas. La tarea inmediata sobre las instituciones es: evaluación y reingeniería. Punto. Las políticas culturales son principios que orientan prácticas gestionarias. Rediseñar las instituciones, incluyendo su personal cuando fuere necesario, más allá de las amistades generacionales entre escritores, pintoras y poetas. Esclarecer operativamente aquellas políticas que les correspondan a ciertas instituciones, destinar fondos para transformarlas en programas que afecten positivamente a comunidades específicas, y hacerlo con planes de largo plazo. Dejar de lado las ecuaciones simplistas entre identidad cultural y etnicidad, bellas para la poesía pero inútiles a la hora de comprender las deficiencias educativas de los complejos conglomerados urbanos. Por último, dejar de usar al propio “centralismo” como excusa. El problema no es solamente a dónde va el dinero en materia cultural sino a qué se lo destina y cómo ello afecta o no a la transformación de la sociedad.
Para finalizar esta entrega voy a conjugar el escenario más probable. El que menos me gusta, pero el más probable: confírmar a las viejas amistades y filiaciones generacionales, añadir una dosis de folklor y un par de cantantes de música “protesta” en la designación de cargos, y recitar la jerga multi culti. Total es mucho más facil vender gato por liebre. Osea, entretenimiento por “cultura”. El problema está en las políticas que están detrás de este escenario.